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Paisaje agrícola

La Vall de Gallinera, buen aceite y mejor cereza

El paisaje es lo que mejor define un territorio, lo que le da una identidad. Los paisajes cambian con el tiempo. Desde los inicios de la ocupación humana de la Vall de Gallinera, nuestra especie ha modificado el paisaje buscando el aprovechamiento de los recursos, primero para la supervivencia, ahora para mantener un estatus económico en equilibrio, entre el mantenimiento y la protección del entorno para el disfrute, y la obtención de alimentos, no sólo para el autoabastecimiento, sino también para ofrecer productos de identidad propia.

Pero el principal producto que se obtiene del paisaje es el propio paisaje. La Vall de Gallinera guarda un encanto que atrae el turismo de interior, que regala estancias inolvidables, que respira aires frescos y suaves, saca las sonrisas y crea pasiones.

«La Vall de Gallinera, buen aceite y mejor cereza». Esta es, posiblemente, la frase que mejor identifica la Vall, desde el punto de vista agrícola.

En su diario de excursiones, a su paso por la Vall, Cavanilles escribió:

Apenas tiene este (valle de Gallinera) una legua de oriente a poniente, viendo muy corta la latitud de norte a sur, no llegando a un cuarto de legua. Todo este terreno se compone de lomitas, barrancos y faldas de los montes que lo cierran. Con dificultades se hallará otro terreno mejor plantado de árboles ni más bien aprovechado. Desde el fondo, hasta casi la cumbre de los montes, se ven campitos en anfiteatro y, en ellos, la hermosa confusión que produce la multitud de árboles de todas espécies, algarrobos, granados, carrascas, moreras, nogales, olivos, cerezos, pinos… 

Las cerezas se cultivaban en tiempo de Cavanilles y ya tenían buena fama de ser tempranas y conseguir buenos precios en el mercado.

Los cerezos forman un ramo considerable de comercio en este valle: porque viendo muchos en número y dando los frutos al principio de la estación, quando se aprecia por ser raro, se vende a mayor precio. Ocupan estos las partes sombrias, no prevaleciendo en las solanas. 

Así es, cereza temprana es sinónimo de un microclima especial, que marca un inicio de primavera temprano y una consolidación de frutos debido a la suavidad de las temperaturas, marcada por la proximidad de la costa y la orientación de las montañas. Esto también tiene una cara oscura y es el hecho de que también recibe este paisaje, la variabilidad climática de una manera más acentuada, haciendo que, en inviernos suaves o en primaveras lluviosas o demasiado húmedas, no cuaje bien la flor o, si llueve en la maduración, el fruto se estropee. Ya sabemos cuán delicada es la cereza: es fruta de cesta.

Las variedades de cerezas cultivadas han ido evolucionando con el tiempo. Las tradicionales han sido sustituidas por otras nuevas a demanda del mercado. La diversidad de variedades de cereza es enorme, pero en el Valle se cultivan básicamente las siguientes: burlat o francesa y tilaua, las tempranas; starking hardy giant, bing, van, y la picota, la más tardía. Entre las más antiguas tenemos las ripolles y las segorbinas, las gerovines, la dos-tres-lliura (en forma de corazón), las blaietes, las de botella (se mantenían siempre blancas), la tilaua y la del Frisco o la del Monjo (porque las trajeron a la Vall el tio Tilau, el Frisco y el Monjo), cor de pitxó (las usaban para poner en aguardiente), la d’ull gros (llamada planera en Planes), y la carregadora.

El cerezo (Prunus avium) es un árbol que no tolera bien los carbonatos ni la sequía, por lo que, aquí en la Vall, se ha plantado el cerezo de Santa Lucía (Prunus mahaleb) como pie para injertar las variedades comerciales. Este cerezo hace unos frutos pequeños y carnosos, negros en la maduración, y algo amargos a la cata.

El olivo es un árbol monumental, rústico y pasional. Aguanta frío y calor, lluvia y sequía y llega a vivir muchos años. Solo tiene un claro enemigo: la motosierra. Pero generalmente, los humanos lo han considerado un árbol fundamental para la obtención del preciado aceite, o zumo de aceitunas, y también por su generosidad, con cosechas abundantes. Cavanilles ya lo observó:

Los olivos, aunque habian dado bastante cosecha este año (1791), no obstante, estaban cargadísimos de muestra (mayo de 1792). La muestra es la flor, abierta o a punto de abrirse, en la que, aproximadamente, se prevé la cosecha de la temporada.

No se conoce aquí el método que practican los verdaderos agricultores… antes al contrario, dexan obrar a la naturaleza, de modo que con frecuencia se ven olivos, empinados y estrechos, cargados de quanto quisieron arrojar. Más abundantes serian sin duda las cosechas, pero los de este valle, satisfechos con lo que sacan de sus campos, fiados del temple y bondad de la atmósfera y suelo, en nada quieren ayudar a la naturaleza para la cosecha del aceyte.

Otros cultivos importantes han sido el almendro y el algarrobo, hoy en día casi en abandono debido a la baja rentabilidad y los precios de mercado de sus frutos. A finales del siglo pasado, proliferó la plantación de campos de cítricos, especialmente naranjos, aprovechando el aumento de la temperatura media y la disminución de heladas.

Sin embargo, mezclados entre los cultivos mayoritarios, aparecen muchos otros frutales para llenar las mesas y despensas de las casas: caquis, albaricoqueros, ciruelos, manzanos, nogales, higueras…

Tradicionalmente las fuentes caudalosas tenían asociadas huertas. En ellas se hacían toda variedad de hortalizas, especialmente para el autoabastecimiento: lechugas, coles, pencas, alcachofas, acelgas, tomates, pimientos y berenjenas, calabazas y melones entre otros.

En los secanos, entre medio de olivos u otros frutales, en los bordes o las repisas de los márgenes, también se sembraban cereales y legumbres: trigo, cebada y maíz, frijoles, habas, guisantes, garbanzos y lentejas.

Una de las claves de la biodiversidad del paisaje de la Vall de Gallinera es la presencia de rodales de vegetación natural alrededor de los cultivos, bien haciendo de setos, bien ocupando rincones con dificultades para el cultivo, canchales, enclaves con piedras grandes caídas de los riscos, lugares de montaña áspera y escarpada, barrancos… Estos espacios permiten el mantenimiento de la fauna y flora autóctonas, son corredores naturales y mejoran el control de plagas. En conjunto, un mosaico de vida que caracteriza este paisaje.

 

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