BENIRRAMA (también ortografiado como Benirama, Benirahama, Benera-hacma). Del árabe /Bani Rahma/, nombre de la familia o clan que fundaría la alquería. Aparece documentada por primera vez en el Llibre de la col·lecta del morabatí de les valls de Gallinera i Ebo (1369).

Es el pueblo más bajo de la Vall, puesto que se sitúa a 311 m de altitud, al margen derecho de la rambla de Gallinera, y tiene 83 habitantes (2019), aunque los fines de semana vuelve mucha gente al pueblo y vienen los que tienen casa de otros lugares, como Gandia, Dénia, València, etc.

Benirrama es el primero de los pueblos si entramos en la Vall desde el barranco de Gallinera, podemos acceder mediante un camino rural asfaltado o bien por la desviación de la carretera CV-700. Si lo hacemos mediante el camino rural, este nos conducirá a un lugar fantástico, que es la Font de la Mata, una fuente natural.

Habremos dejado por el camino los restos de dos molinos harineros: el Molí de Dalt o dels Moliners, situado a la izquierda de la rambla de Gallinera, que dejó de funcionar entre 1920-30, más abajo de la venta de Baix y del lavadero de Benirrama. Aguas abajo, también estaba el Molí del Mig o de la Porra ―que recibía agua del Molí de Dalt―, situado en la vertiente derecha de la rambla, que dejó de moler en  1925.

El lugar de Benirrama se asienta sobre una llanura o tozal horizontal de forma casi semicircular, un tipo de balcón sobre la parte oriental del valle, que sobresale de la mitad de la pendiente entre la montaña y el lecho del río. Benirrama tiene tres abundantes fuentes: la del Llavador, la de Benimarsoc y la de la Mata, las dos últimas con árboles y mesas para comer al aire libre.

La iglesia, bajo la advocación de san Cristóbal, consta de cuatro tramos con lunetos abiertos y se apoya con contrafuertes exteriores, entre los cuales se sitúan las capillas cubiertas a menor altura con vuelta de medio cañón reforzada por arcos perpiaños y formeros. Presenta un estilo neoclásico, marcado por un pequeño crucero. Con un coro situado a los pies de la nave, configurando una segunda altura, a la cual se accede desde la escalera del campanario, con dos cuerpos.

En la iglesia, entre otras piezas, encontramos una pintura en óleo sobre tabla, denominada El juicio final y la misa de san Gregorio, es un retablo sin ático ni predela, sin datar, que podría ser de finales del siglo XVI. La tabla está diseñada en tres registros. El registro inferior se nos presenta dividido en tres sectores, de izquierda a derecha encontramos la misa de san Gregorio, que narra la duda de uno de los asistentes a la eucaristía sobre la presencia real de Cristo en la consagración. De repente, como respuesta a la plegaria de san Gregorio por la duda sacrílega, tiene lugar la aparición de Cristo, varón de Dolores, en el altar, con las llagas de la crucifixión y rodeado de los instrumentos de la pasión. El origen de esta leyenda debía de estar, según Louis Réau, en la iglesia de la Santa Cruz de Roma.

En el segundo sector, dividido en dos partes, encontramos en la parte inferior los niños nacidos y muertos antes de bautizar, que se encuentran en un paisaje de la nada, el limbo. En el sector mediano encontramos el purgatorio, donde están los pecadores en un tipo de balsa de agua hirviendo, y en la parte superior los ángeles van acogiendo a las almas salvadas del purgatorio. En el tercer sector, aparece la representación del infierno en la boca abierta de un monstruo (Leviatán) con una multitud de pecadores vigilados por demonios. En primer plano encontramos la representación de los siete pecados capitales: la soberbia, con un pecador ligado de manos y pies al eje de una jarra de metal que rueda mientras unos dragones se le comen los brazos. A la izquierda, la lujuria, con una serpiente enrollada sobre el cuerpo de un pecador, que quiere ser salvado por otro pecador, el cual es sostenido por un demonio negro; a continuación aparece la garganta, con un demonio negro forzado a tragar un pecador; después aparece la pereza, que se nos presenta con un pecador adormilado, cogido por el pescuezo por un demonio negro, mientras en la otra mano, con unas agujas, le saca los ojos a una pecadora, que representa la envidia. La ira se representa con un demonio gris con un cuerno en la cabeza que atraviesa el pecho de un pecador con una espada; mientras que la avaricia se nos muestra mediante un demonio negro cogido del cuello de un pecador con una cuerda de la cual cuelgan dos bolsas de monedas.

En el registro horizontal mediano, aparece la Jerusalén celestial amurallada, con San Pedro abriendo la puerta principal de la ciudad que acoge un alma que le presentó un ángel de la guarda. El registro superior representa el juicio final con el Dios-Padre en una almendra mística rodeada de ángeles de color rojo sobre fondo negro: el Dios-Padre sentado en un trono con los brazos abiertos sobre la esfera terrestre, acogiendo y separando los benditos de los malvados, con los brazos extendidos a la misma altura y con el gorro rojo de la pasión, ahora acontecido en la capa púrpura. A la derecha del Dios-padre, vemos sentada en un asiento preesidiendo la deesis, la Virgen María como mediadora, con Juan el evangelista, y Pere y Jaume por ser los preferidos del Señor y por haber estado en la transfiguración y el Getsemaní; en la segunda fila encontramos mujeres santas que deben de ser mártires, vírgenes, santas casadas, etc. En la hilera de la izquierda, detrás de Joan Baptista, hay apóstoles indeterminados y, en segunda hilera, los dos primeros tonsurados y con dalmática, que son diáconos ―uno, Esteve, y el otro podría ser el romano Llorenç o el hispanoromano Vicent, el de la Rueda―; también aparece un hábito franciscano, y detrás suyo un fraile con hábito negro que podría ser un dominico, puesto que el hábito es blanco con túnica y escapulario, pero la capucha y la esclavina son negras, con lo cual tendríamos a los fundadores de las grandes órdenes mendicantes medievales. También hay otro con barba larga y hábito negro, que podría ser san Benedicto. Junto a la corte celestial aparecen en unas hornacinas unos veinte personajes, vestidos de blanco, que representan los elegidos que contemplan la gloria de Dios-Padre, de los cuales no está claro el sexo y todos aparecen en la misma postura.

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